En el post de hoy os venimos a hablar de una nueva facción del Trench Crusade. ¡Id a conocerla!
«¡Cantad alabanzas al Señor, hermanos y hermanas! Exaltad el entumecimiento y la caída de la carne que Él considera oportuna mientras nos libera de nuestro pecado. Apreciad las marcas y surcos que Sus divinos dedos modelan, pues en vuestras cicatrices muestra el camino hacia la purificación. Rezad para que esta aflicción, la más sagrada, se adhiera a vosotros hasta que vuestra alma sea digna del cielo. El sufrimiento es el consejo más sabio del Señor; en verdad, ¿acaso no lo reservó en su plenitud para su único hijo? He aquí que somos benditos por seguir Sus pasos, con santos dedos torcidos y párpados incapaces de resguardar nuestros ojos de la verdad de Su amor».
— Profeta Solon, Proclamaciones de Su Don
Incluso un gusano se revuelve.
Será por el clamor de campanas e himnos que se les oiga. Será por el perfume férreo de costras empapadas en mirra, que se filtra desde incensarios de bronce, que se les huela; y será por el pesado correr de cuerpos enfermizos, apenas contenidos por vendas amarillentas y el tintineo danzante de iconos sagrados, que se les vea. Pero será por sus manos, unidas en una bendita rigidez artrítica alrededor de la garganta del hereje, que se les reconocerá. Son dolor y piedad, son iglesia y trinchera, son leprosos y peregrinos. Reunidos como multitudes aullantes en las Procesiones de la Aflicción Sagrada, los Peregrinos Leprosos son los nudillos ensangrentados de la Cristiandad, cuerpos y mentes demasiado mortales, reformados durante siglos en el crisol de la Gran Guerra.
Comunidades de fieles refugiados desposeídos por el conflicto, declaradas “procesiones sagradas” por bula papal, cuentan con registros oficiales que se remontan a las Guerras del Triclavianismo en el siglo XIII. Sin embargo, la primera verdadera Procesión de la Aflicción Sagrada se formó al inicio de las Guerras del Cadáver, liderada por el ahora venerado y legendario Profeta Solón. Cuando el Príncipe de la Putrefacción, Beelzebub, desató el Grial Negro sobre Europa, innumerables caravanas de enfermos y moribundos huyeron de sus hogares infectados y saturaron las arterias de las rutas comerciales del continente. El rebaño de Solón, gravemente afectado por la lepra y las enfermedades que esta genera, fue uno de los muchos a los que se les negó el paso por pueblos y ciudades debido al temor al contagio.
Cerca de la muerte y enfurecido por el egoísmo de sus compañeros cristianos, el Profeta buscó el martirio en nombre de sus seguidores.
Para horror de la procesión, Solón y sus compañeros leprosos se encerraron en una tumba cercana para perecer, e instaron a su rebaño a desenterrar y exhibir sus restos a través de las puertas de la ciudad siete días después, para demostrar las consecuencias de la negativa del pueblo.
Sin embargo, cuando esos siete días pasaron y la tumba fue abierta, el Profeta y sus seguidores emergieron sanos, fuertes y muy vivos. Todos alabaron a Dios por la milagrosa visita de la Bendita María, quien lavó su carne y les ordenó llevar sus aflicciones como un don del Señor: cada marca como una señal, cada lesión como una lección, para así forjar la fuerza de cuerpo y alma necesaria para derrotar a las fuerzas del Infierno.
Superados por el gozo sagrado, los peregrinos partieron de inmediato en todas direcciones para difundir la buena nueva hasta donde sus piernas dañadas pudieran llevarlos, mientras que el propio Solón viajó por el norte de África, dejando tras de sí muchas más procesiones.
En las décadas y siglos venideros, las Procesiones de la Aflicción Sagrada abrazaron el Milagro de Solon no solo como un sentimiento figurado de que “el dolor te hace más fuerte”, sino como un mandato para movilizarse y cumplir su destino. Deben, literalmente, derrotar a las fuerzas del Infierno mediante demostraciones de fuerza y valentía fanáticas. Seguidores del Señor de todos los rincones de la Creación viajan para unirse a la gloria estruendosa de las Procesiones, a menudo atraídos por el mensaje de que cualquier dolencia que porten es una señal del amor de Dios y no un castigo. Quizás lo más sorprendente para muchos sea la calidez y disposición con la que las Procesiones aceptan a nuevos aspirantes. Pero cada miembro recuerda bien las circunstancias que les llevaron a buscar estas caravanas errantes, ya fueran dolores del cuerpo, de la mente o de la reputación.
Aunque cada Procesión posee rituales de iniciación únicos, todas honran los Ritos de la Pura Tzaareth.
El rito comienza con cada aspirante confesando tanto sus pecados como su sufrimiento ante los Castigadores Lazaristas. Una vez completado este primer paso, el aspirante, a menudo entre lágrimas, camina a través de la asamblea del resto de la Procesión, donde cada peregrino se acerca para ofrecer palabras de consuelo y comunidad bajo Dios. Solo cuando todos han dado la bienvenida al aspirante, el recorrido termina a los pies del Profeta Lazarista, quien durante ese tiempo ha grabado los pecados confesados del postulante en una piedra de molino. El aspirante se ata la piedra al cuerpo, y el rito concluye con la entrega de un nombre de virtud, una nueva identidad que marca su camino hacia el Cielo como Peregrino Leproso.
Tal intimidad con otros sufrientes conduce inevitablemente a la propagación de enfermedades físicas, pero esto se considera un pequeño precio a pagar por la unidad y la salvación. En raras ocasiones, la rueda de la fortuna gira de tal manera que esta mezcla comunitaria de aflicciones florece por completo en el cuerpo de un Peregrino Leproso, sin dejar parte alguna intacta por la voluntad del Señor. Estas almas marcadas sufren un dolor tan extremo que ningún daño mortal puede compararse, ya sea por espada o fuego, y se ven colmadas por la ira inviolable de Dios.
A diferencia de otras Procesiones de Peregrinos, no existen verdaderos límites al perdón de la Procesión de la Aflicción Sagrada, siempre que el compromiso con la redención sea auténtico e inquebrantable. Para aquellos que fallan, la naturaleza compasiva de los Lazaristas concede una última oportunidad de expiación entre las filas de los Prisioneros Eclesiásticos.
Cuando un Peregrino Leproso entra en los campos de batalla de la tierra de nadie, es una visión de violencia celestial. Los métodos que emplean para entregar a los herejes al Señor varían según la Procesión. Muchos, como las Procesiones Marianas lideradas por la Inquisición, prefieren bañar el campo de batalla en fuego con lanzallamas improvisados y cócteles molotov, para luego rematar a los supervivientes humeantes con bayonetas o armas de asta. Otros, como la Santa Caravana de San Dunstan, empuñan martillos de herrero y pesados manguales con campanas dentadas, aplastando a sus enemigos sin piedad y clavando sus pies al suelo. Aquellos que siguen a las bandas de guerra caballerescas de San Lázaro toman espadas y escudos, siguiendo la tradición de sus antiguos aliados.
Independientemente de sus armas, los Peregrinos Leprosos suelen preferir complejas composiciones de iconos sagrados como armadura en lugar de placas o cota de malla. Creen que la imagen de la Bendita María y otros santos patronos puede desviar proyectiles capaces de perforar incluso armaduras mecanizadas. Más comunes aún son aquellos que renuncian por completo a la protección, saltando entre trincheras con simples vestimentas harapientas, sin verse lastrados por peso innecesario.
El método distintivo de ejecución usado en todas las Procesiones de la Aflicción Sagrada consiste en su pesada piedra de molino, que retiran de sus cuerpos (la única ocasión en que se les permite hacerlo) para atarla al cuello de sus enemigos derrotados. Muchos son los herejes que se han ahogado en el barro bajo el peso de una piedra de molino, con sus últimos momentos llenos de confesiones extáticas de pecados, balbuceadas o ladradas a través de bocas repletas de dientes podridos consagrados y vendas empapadas en saliva.
¿Qué os ha parecido? ¡Os leemos en los comentarios!

0 Comments:
Publicar un comentario