Reseñas: The Dinosaurs
Visita nuestra tienda de merchandise y apoya al blog
Las melodías que hacen más amable el metro en Japón
Fractal Caravan: un viaje musical a través del tiempo, el espacio y el rock and roll
Shōrinzan Daruma-ji
En el post de hoy os vamos a contar la historia y curiosidades del Templo de Los Darumas en Tokio.
El templo más famoso dedicado a los darumas se llama Shōrinzan Daruma-ji (少林山達磨寺), ubicado en la ciudad de Takasaki, en la prefectura de Gunma, al norte de Tokio. Su historia se remonta al siglo XVII, cuando el monje Shōrinzan Dōnin fundó el templo como lugar de oración y práctica del zen. Con el tiempo, este templo se convirtió en el centro espiritual y cultural del daruma, una figura que simboliza la perseverancia, la buena suerte y los nuevos comienzos.
El daruma es una figura tradicional japonesa, redonda y hueca, inspirada en Bodhidharma, el monje indio que, según la leyenda, fundó el budismo zen en China. Su forma esférica representa la capacidad de levantarse una y otra vez, ya que no tiene brazos ni piernas, pero siempre se mantiene en pie —un símbolo de resiliencia y de la frase japonesa “Nanakorobi yaoki” (七転び八起き), que significa “Cae siete veces, levántate ocho”.
El rostro del daruma está pintado con cejas en forma de grulla y barba en forma de tortuga, animales que simbolizan larga vida y buena fortuna. Tradicionalmente, viene sin ojos dibujados, y esa ausencia tiene un significado profundo.
Una de las tradiciones más populares consiste en dibujar los ojos del daruma. Cuando una persona formula un deseo o se propone una meta importante (como aprobar un examen, abrir un negocio o mejorar su salud), pinta un solo ojo del daruma. Luego, cuando el deseo se cumple o el objetivo se alcanza, pinta el segundo ojo, agradeciendo al daruma su ayuda.
Este acto representa la determinación y la gratitud, y es un recordatorio visual del compromiso personal con las metas.
Cada año, en enero, el templo Shōrinzan Daruma-ji celebra el Daruma Ichi (だるま市), o feria del daruma. Miles de personas de todo Japón viajan hasta Takasaki para comprar un nuevo daruma y devolver el del año anterior. Los viejos Darumas se apilan y se queman en una ceremonia sagrada llamada Daruma Kuyō, como muestra de agradecimiento por los deseos cumplidos. Es un espectáculo impresionante: cientos de figuras rojas ardiendo bajo los cantos de los monjes.
Durante el festival, los visitantes pueden comprar darumas de todos los tamaños y colores. Aunque el más común es el rojo, que representa la buena suerte y la protección, también existen:
-
Blanco, para la pureza o nuevos comienzos.
-
Oro para el éxito económico.
-
Negro, para protección contra el mal.
-
Rosa o verde, para el amor o la salud.
Takasaki no solo alberga el templo principal, sino que también es el mayor productor de darumas de Japón. Los artesanos locales llevan generaciones creando estas figuras a mano, pintando cada una con paciencia y atención al detalle. Hoy en día, alrededor del 80% de los darumas que se venden en el país provienen de esta región.
Más allá de su función como amuleto, el daruma es un símbolo profundo del espíritu japonés: representa la perseverancia, la esperanza y la superación de las dificultades. En tiempos modernos, muchas personas lo ven como una fuente de motivación personal. Su presencia es común en hogares, templos, empresas y oficinas de políticos, quienes también pintan su ojo izquierdo al comenzar una campaña y el derecho cuando ganan.
El templo de los darumas, Shōrinzan Daruma-ji, es mucho más que un sitio religioso: es un reflejo vivo de la cultura japonesa, donde la fe, el esfuerzo y la tradición se unen en una figura simple pero llena de significado. Cada daruma es una promesa, un sueño y una lección sobre la importancia de no rendirse, sin importar cuántas veces caigamos.
¿Qué os ha parecido? ¿Iriais a verlo? ¿Seguiriais la tradición? ¡Os leemos en los comentarios!
¿Por qué las tapas de alcantarilla son redondas?
Reseñas: Figuras Ocultas
Sinopsis: La increíble historia real de Katherine G. Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson, tres brillantes mujeres afroamericanas que trabajaron en la NASA. Conocidas como los "ordenadores vivientes", ayudaron en el lanzamiento a la órbita del astronauta John Glenn, un logro que restauró la confianza del país y dio la vuelta a la carrera espacial.
Goilli: Os voy a hacer la reseña desde mi punto de vista de Trabajadora Social. Y voy a tocar diferentes temas como la segregación, la sororidad, el empoderamiento femenino, el cambio tecnológico y la adaptación y por último las situaciones que las mujeres siguen sufriendo.
Figuras Ocultas expone con claridad la crudeza de la segregación racial en Estados Unidos durante los años 60, especialmente dentro de instituciones tan prestigiosas como la NASA. Desde la mirada de una trabajadora social, esta segregación no es solo un elemento histórico, sino un recordatorio de cómo las estructuras sociales pueden limitar el acceso a derechos, oportunidades y espacios de poder. Las protagonistas viven una discriminación cotidiana: baños separados, bibliotecas con acceso restringido, oficinas donde su presencia es cuestionada. La película evidencia cómo la segregación no opera únicamente desde normas explícitas, sino también desde miradas, silencios y prácticas institucionales que perpetúan desigualdades.
Un elemento fundamental del relato es la sororidad que une a Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson. No solo se acompañan emocionalmente, sino que también se apoyan en el desarrollo de sus carreras, celebran los logros de cada una y sostienen la resistencia frente a un sistema hostil. Desde el enfoque del trabajo social, esta relación se convierte en un ejemplo de redes de apoyo entre mujeres que, al compartir opresiones similares, crean espacios de cuidado, escucha y fortalecimiento colectivo. La película muestra cómo la sororidad no es solo un concepto teórico, sino una práctica cotidiana que transforma realidades.
El empoderamiento femenino en Figuras Ocultas se manifiesta en la capacidad de sus protagonistas de tomar decisiones, reclamar sus derechos y ocupar lugares de poder que históricamente se les habían negado. Con determinación, transforman no solo su vida profesional, sino también la cultura institucional de la NASA. Desde el trabajo social, el empoderamiento es un proceso: implica acceso a recursos, reconocimiento de capacidades y participación activa en los cambios sociales. La película ejemplifica este proceso a través de mujeres que, con conocimiento, valentía y esfuerzo, rompen estereotipos y abren camino para las generaciones futuras.
La introducción de los primeros ordenadores electrónicos supone un desafío para las “calculadoras humanas”, que ven peligrar su trabajo. Sin embargo, Dorothy Vaughan encarna un modelo de resiliencia y visión profesional: se adelanta al cambio, aprende programación por su cuenta y forma al resto del equipo para que no queden excluidas por la tecnología. Este proceso refleja una problemática actual en el ámbito laboral: cuando la tecnología avanza, no todas las personas reciben las mismas oportunidades de adaptación. La película visibiliza cómo las mujeres, pese a los obstáculos, han sido capaces de reinventarse y adquirir competencias que les permitan seguir en el sistema laboral.
Aunque han pasado décadas, muchas de las barreras mostradas en la película siguen apareciendo en la realidad contemporánea. Hoy, las mujeres continúan enfrentándose a techos de cristal, desigualdad salarial, menor acceso a puestos directivos y la carga desproporcionada de cuidados. Además, persisten actitudes que cuestionan su autoridad o competencia, especialmente en ámbitos STEM. Estas desigualdades, aunque más sutiles que en los años 60, mantienen raíces similares a las que viven las protagonistas.
Nota subjetiva: ⭐️⭐️⭐️⭐️⭐️ (10/10)
¿Habéis visto la película? ¡Os leemos en comentarios!



.jpg)




