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El Origen del Marie Biscuit
Reseñas: Bichos una aventura en miniatura
Desde el principio, la colonia de hormigas vive bajo el control de los saltamontes, quienes llegan cada temporada a quitarles la cosecha. Es una clara metáfora de la opresión y las relaciones de poder injustas. Las hormigas trabajan sin parar, pero no por elección, sino por miedo. Y eso refleja algo que en el trabajo social se ve muy seguido: comunidades enteras que han aprendido a aceptar el abuso como algo “normal”.
Ahí aparece Flik, el típico soñador que todos miran raro porque “no encaja”. Sin embargo, es precisamente su manera diferente de pensar lo que siembra el cambio. Flik representa a esa persona dentro de una comunidad que se atreve a cuestionar las reglas, a buscar soluciones y a creer que las cosas pueden ser distintas. Desde la mirada del trabajo social, él encarna el liderazgo positivo y el empoderamiento comunitario.
A medida que la historia avanza, las hormigas van entendiendo que su fuerza está en la unión, no en el miedo. Cuando dejan de verse como individuos aislados y se organizan, logran enfrentar a los saltamontes y romper el ciclo de explotación. Este proceso es muy parecido al que viven muchas comunidades reales cuando descubren su poder colectivo y deciden actuar.
En el fondo, Bichos nos recuerda algo fundamental: el cambio social empieza cuando alguien se atreve a decir “ya basta” y convence a los demás de que juntos pueden lograr algo mejor. Y sí, puede que todo pase en un mundo de insectos animados, pero el mensaje es completamente humano.
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Flores y árboles: cuando la animación empezó a tomarse en serio
En 1932, Disney estrenó Flores y árboles, un cortometraje que marcaría un antes y un después en la historia del cine de animación. No se trataba solo de una nueva entrega de la serie Silly Symphonies, sino de una obra que acabaría cambiando la percepción de la animación como lenguaje artístico.
Ese mismo año, Flores y árboles hizo historia al convertirse en el primer cortometraje animado en recibir un Premio de la Academia, inaugurando la categoría que hoy conocemos como Óscar al Mejor Cortometraje de Animación. Este reconocimiento supuso un paso decisivo: la animación dejaba de ser vista como un simple entretenimiento o una rareza técnica para situarse al mismo nivel que el cine de acción real.
El logro fue aún más significativo por su apuesta tecnológica. En una época dominada por el blanco y negro, Disney se arriesgó a rehacer el cortometraje utilizando el Technicolor de tres tiras, un sistema que permitía una riqueza cromática nunca vista hasta entonces en el cine animado. El resultado fue un estallido de color que sorprendió tanto al público como a la crítica.
Con Flores y árboles, Disney no solo ganó un Óscar: demostró que la animación podía emocionar, innovar y aspirar a un reconocimiento artístico pleno. Un pequeño corto que, casi un siglo después, sigue siendo una pieza clave para entender la evolución del cine y de la cultura audiovisual.
#25 El ingeniero que cambió el mundo con un código... y no pidió nada a cambio
Cuando los personajes de Pixar aún se equivocaban
En el post de hoy te vamos a contar otra curiosidad del mundo de la animación, esperemos que os guste.
Si creciste viendo películas como “Bichos” (A Bug’s Life) o “Toy Story 2”, seguro recuerdas algo muy especial al final: esas “tomas falsas” o “escenas eliminadas” donde los personajes parecían cometer errores de rodaje, reírse o improvisar. Era una de las firmas más queridas de Pixar en los 90 y principios de los 2000.
Pero… ¿te has dado cuenta de que ya no existen en las películas más recientes? ¿Qué pasó con ellas?
En “Bichos”, estrenada en 1998, los créditos finales mostraban escenas graciosas de los insectos olvidando líneas o tropezando con el decorado. Al público le encantó. Era una forma divertida de romper la cuarta pared y dar un toque humano a los personajes digitales.
El éxito fue tal que Pixar repitió la fórmula en “Toy Story 2” (1999) y “Monstruos S.A.” (2001). Esas “escenas falsas” se convirtieron en un pequeño ritual: quedarse hasta el final de los créditos valía la pena.
Hay varias razones por las que Pixar dejó de incluir esos momentos:
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Un cambio de tono.Con películas como Los Increíbles, Up o Inside Out, Pixar empezó a explorar temas más emocionales y adultos. Las tomas falsas, aunque divertidas, rompían el tono más serio o reflexivo de estas historias.
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Evolución del estilo narrativo.Antes, Pixar trataba a sus personajes como “actores”. Ahora, busca que el público los vea como seres reales dentro de su propio universo. Verlos actuar “fuera del personaje” ya no encaja con esa idea.
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Nuevos hábitos de consumo.En la era del streaming, la mayoría del público salta los créditos. Aquella tradición de quedarse en el cine hasta el final ya casi no existe, así que esos pequeños extras dejaron de tener sentido.
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Otras formas de contenido adicional.En lugar de bloopers, Pixar ahora ofrece cortos complementarios (como Bao o La luna) y series derivadas (Dug Days, Forky hace una pregunta). Son maneras distintas de seguir explorando sus personajes y mundos.
La última película de Pixar en incluir ese tipo de “tomas falsas” fue “Monstruos S.A.”, en 2001. Desde entonces, Pixar ha preferido cerrar sus historias con emoción o con una simple dedicatoria, no con humor.
Aun así, muchos fans recuerdan con cariño esos créditos llenos de risas animadas. Era una forma única de recordarnos que, detrás de cada historia, había un equipo de artistas que también se divertía creando.
Las melodías que hacen más amable el metro en Japón
Shōrinzan Daruma-ji
En el post de hoy os vamos a contar la historia y curiosidades del Templo de Los Darumas en Tokio.
El templo más famoso dedicado a los darumas se llama Shōrinzan Daruma-ji (少林山達磨寺), ubicado en la ciudad de Takasaki, en la prefectura de Gunma, al norte de Tokio. Su historia se remonta al siglo XVII, cuando el monje Shōrinzan Dōnin fundó el templo como lugar de oración y práctica del zen. Con el tiempo, este templo se convirtió en el centro espiritual y cultural del daruma, una figura que simboliza la perseverancia, la buena suerte y los nuevos comienzos.
El daruma es una figura tradicional japonesa, redonda y hueca, inspirada en Bodhidharma, el monje indio que, según la leyenda, fundó el budismo zen en China. Su forma esférica representa la capacidad de levantarse una y otra vez, ya que no tiene brazos ni piernas, pero siempre se mantiene en pie —un símbolo de resiliencia y de la frase japonesa “Nanakorobi yaoki” (七転び八起き), que significa “Cae siete veces, levántate ocho”.
El rostro del daruma está pintado con cejas en forma de grulla y barba en forma de tortuga, animales que simbolizan larga vida y buena fortuna. Tradicionalmente, viene sin ojos dibujados, y esa ausencia tiene un significado profundo.
Una de las tradiciones más populares consiste en dibujar los ojos del daruma. Cuando una persona formula un deseo o se propone una meta importante (como aprobar un examen, abrir un negocio o mejorar su salud), pinta un solo ojo del daruma. Luego, cuando el deseo se cumple o el objetivo se alcanza, pinta el segundo ojo, agradeciendo al daruma su ayuda.
Este acto representa la determinación y la gratitud, y es un recordatorio visual del compromiso personal con las metas.
Cada año, en enero, el templo Shōrinzan Daruma-ji celebra el Daruma Ichi (だるま市), o feria del daruma. Miles de personas de todo Japón viajan hasta Takasaki para comprar un nuevo daruma y devolver el del año anterior. Los viejos Darumas se apilan y se queman en una ceremonia sagrada llamada Daruma Kuyō, como muestra de agradecimiento por los deseos cumplidos. Es un espectáculo impresionante: cientos de figuras rojas ardiendo bajo los cantos de los monjes.
Durante el festival, los visitantes pueden comprar darumas de todos los tamaños y colores. Aunque el más común es el rojo, que representa la buena suerte y la protección, también existen:
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Blanco, para la pureza o nuevos comienzos.
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Oro para el éxito económico.
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Negro, para protección contra el mal.
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Rosa o verde, para el amor o la salud.
Takasaki no solo alberga el templo principal, sino que también es el mayor productor de darumas de Japón. Los artesanos locales llevan generaciones creando estas figuras a mano, pintando cada una con paciencia y atención al detalle. Hoy en día, alrededor del 80% de los darumas que se venden en el país provienen de esta región.
Más allá de su función como amuleto, el daruma es un símbolo profundo del espíritu japonés: representa la perseverancia, la esperanza y la superación de las dificultades. En tiempos modernos, muchas personas lo ven como una fuente de motivación personal. Su presencia es común en hogares, templos, empresas y oficinas de políticos, quienes también pintan su ojo izquierdo al comenzar una campaña y el derecho cuando ganan.
El templo de los darumas, Shōrinzan Daruma-ji, es mucho más que un sitio religioso: es un reflejo vivo de la cultura japonesa, donde la fe, el esfuerzo y la tradición se unen en una figura simple pero llena de significado. Cada daruma es una promesa, un sueño y una lección sobre la importancia de no rendirse, sin importar cuántas veces caigamos.
¿Qué os ha parecido? ¿Iriais a verlo? ¿Seguiriais la tradición? ¡Os leemos en los comentarios!






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